A los pies del imponente Cerro Juncal, una mole de hielo y roca que se alza desafiante en la cordillera, se esconde uno de los secretos mejor guardados de la Región de Valparaíso. Hablamos del Glaciar del Juncal, un coloso de hielo que, para nuestra fortuna, es uno de los glaciares de más fácil acceso en la zona central de Chile. Te invitamos a descubrirlo, a sentir su majestuosidad y a comprender por qué es el corazón palpitante del Parque Andino Juncal.

Un Santuario de Altura

Este no es un simple paisaje. El Glaciar del Juncal es el alma de un ecosistema único. Es el origen del Río Juncal, el agua que da vida a la cuenca y que permite la existencia de los vibrantes humedales altoandinos que salpican el valle, como la Vega la Roca o las Vegas de Nacimiento. Al llegar, te darás cuenta de que estás en un lugar especial, un santuario de casi catorce mil hectáreas que resguarda no solo el hielo, sino una biodiversidad invaluable, protegida incluso por su reconocimiento como sitio Ramsar.

Glaciar del Juncal
Imagen: Robert Cutts; https://www.flickr.com/photos/panr/

La experiencia comienza mucho antes de pisar el sendero. Desde la ruta internacional, el camino te va regalando vistas que te preparan para lo que viene. El imponente Nevado Juncal, el Nevado del Plomo y el casi mítico Alto de los Leones, con sus paredes casi verticales, te observan desde la distancia, custodiando el valle. Ver estos macizos cordilleranos en todo su esplendor es una lección de geografía en vivo.

Preparando la Aventura: Cómo Llegar y Qué Llevar

Llegar hasta aquí es una aventura en sí misma. Debes tomar la Ruta Internacional CH-60 desde Los Andes hacia Mendoza. Tras recorrer unos kilómetros, antes de comenzar las famosas “Cuestas Caracoles” que te llevan a Portillo, debes estar atento a un desvío a la derecha. Es un camino de tierra que, por lo general, se encuentra en buen estado y no requiere un vehículo 4×4, aunque siempre es recomendable ir con precaución. Un consejo de viajero: en el último peaje, si dices que te diriges al Juncal, es probable que no te cobren el paso.

Al llegar al final del camino, te encontrarás con unas casas de piedra que sirven como punto de control y bienvenida. Hoy en día, es indispensable hacer una reserva con anticipación a través del sitio web del Parque Andino Juncal. Allí te darán una charla corta sobre las normas y la importancia de conservar este frágil ecosistema.

Para la caminata, prepárate como un explorador. El sendero es de varios kilómetros de ida, con una dificultad moderada y un desnivel que no es excesivo. Sin embargo, hay un punto clave: el cruce del Estero Monos de Agua. El agua es fría y el caudal puede variar, por lo que un par de zapatillas viejas o de agua para cruzar son imprescindibles. No olvides llevar protección solar, gorro, agua suficiente y ropa para un cambio climático repentino, ya que en la montaña el tiempo puede ser traicionero.

El Sendero y el Encuentro con el Gigante

El sendero es un deleite constante. Al principio, la ruta asciende suavemente, ofreciendo un primer mirador que te revela la inmensidad del valle que vas a recorrer. Caminarás paralelo al río, pasando por verdes vegas donde no es raro avistar liebres, vizcachas o, si tienes suerte, el majestuoso vuelo de un cóndor.

Tras unas horas de caminata, llegarás a la zona de “Las Morrenas”, un paisaje lunar de grandes rocas que muchos usan como campamento. Desde aquí, el camino se vuelve más empinado y el terreno, pedregoso. Pero la recompensa está cerca. Al doblar un último recodo, el glaciar se revela ante ti en todo su esplendor.

El Nuevo Mirador y el Futuro del Hielo

Hoy en día, por razones de seguridad y conservación, el acceso se limita a un mirador oficial, ya que una gran laguna formada por el deshielo impide el paso. La imagen, sin embargo, no es menos impactante. Desde este punto, te enfrentas cara a cara al Glaciar Juncal Norte, un inmenso campo de hielo que desciende de los más de cinco mil novecientos metros de altitud del Cerro Juncal. Es un momento para el silencio y la reflexión. La postal es sobrecogedora, pero también un recordatorio visual y tangible de los efectos del cambio climático, con un glaciar que retrocede cada vez más rápido.

No olvides que la bajada es obligatoria a partir de las catorce horas, pues el río que cruzaste comienza a crecer con el deshielo de la tarde y el cruce se vuelve peligroso. Al regresar, llevarás contigo no solo fotos, sino la experiencia de haber estado frente a uno de los guardianes de hielo de los Andes centrales. Una aventura que, sin duda, te invita a reflexionar sobre el privilegio de pisar estos lugares y la responsabilidad de cuidarlos.

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