Hay lugares que no se visitan: se peregrinan. Anakena es uno de ellos. Cuando por fin llegas a esta bahía del norte de Isla de Pascua, en la comuna y provincia de Isla de Pascua, Región de Valparaíso, Chile, después de cruzar la isla por caminos de tierra roja y pastizales dorados, entiendes por qué la tradición oral situó aquí el desembarco del rey Hotu Matu’a, el primer Ariki de Rapa Nui. No es solo una playa. Es el punto cero de una civilización.
Nosotros lo comprobamos cada vez que acompañamos a viajeros hasta este rincón del Pacífico: la primera vez que pisas su arena blanca y coralina, sientes que el tiempo se pliega sobre sí mismo.
Qué ver en Anakena
La postal que te recibe es irrepetible: aguas tibias de color turquesa, palmeras que se mecen sobre arena coralina y, a pocos pasos de la orilla, los moáis del Ahu Nau Nau, con sus pukaos, los tocados rojos de escoria volcánica, perfectamente conservados. Es una de las estampas más fotografiadas de Rapa Nui, y con razón.

A unos setenta metros mar adentro, frente al Nau Nau, se alza el Ahu Ature Huki, un altar con un único moai que fue el primero en ser reerigido en la isla en tiempos modernos, mediante técnicas tradicionales. Ambos ahu fueron restaurados en 1954, y caminar entre ellos es caminar sobre el centro ceremonial donde, según las crónicas, se reunían los rongo-rongo, los maestros de la escritura antigua, para leer las tablillas sagradas.
Anakena no fue solo un balneario real: fue una escuela de conocimiento hoy extinguida, un importante centro poblacional de notable organización social, política y cultural.
Qué hacer
Puedes empezar con lo más simple y lo más profundo: nadar. Las aguas de Anakena son las más cálidas de la isla, protegidas por el arrecife, y te invitan a flotar sin prisa. Lleva tu equipo de snorkel si quieres explorar la fauna marina cerca de las rocas laterales. Después, camina hacia el mirador natural que se eleva tras el Ahu Nau Nau: desde allí contemplarás la bahía completa, con sus dos ahu como centinelas de piedra y el azul imposible del Pacífico al fondo.
Si te gusta la aventura, puedes recorrer los senderos de trekking que suben hacia el volcán Maunga Terevaka o hacia la cercana playa de Ovahe, más salvaje y escondida. Las cabalgatas al atardecer son otra forma de despedir el día, y la pesca recreativa, tanto de orilla con red tuku tuku como en bote, sigue siendo una práctica viva entre los pescadores locales.
También puedes practicar buceo, fotografía y, por supuesto, simplemente descansar bajo las palmeras. Y si viajas con cámara, quédate hasta el final: la luz dorada sobre los moáis de espaldas al mar es un regalo que no se olvida.
Cómo llegar
Anakena se encuentra a unos 18 kilómetros de Hanga Roa, el único núcleo urbano de la isla. En vehículo propio o de alquiler, el trayecto dura unos 25 minutos por la Avenida Hotu Matua en dirección norte. También puedes tomar un taxi desde Hanga Roa; el precio ronda los 20.000 pesos chilenos ida y vuelta, con la posibilidad de acordar una hora de regreso con el conductor. Si prefieres el ritmo lento, la bicicleta es una opción exigente pero gratificante, aunque deberás madrugar para evitar el calor del mediodía. Muchos visitantes optan por excursiones organizadas que combinan Anakena con Rano Raraku y Ahu Tongariki en un mismo día. Eso sí: ten presente que para acceder a las plataformas ceremoniales del Ahu Nau Nau es obligatorio hacerlo acompañado de un guía local acreditado.
Sugerencias de viaje
La mejor época para visitar Anakena es el verano austral, de diciembre a marzo, cuando las lluvias son escasas y el clima invita a quedarse en el agua hasta el atardecer. Lleva protector solar, sombrero y agua desde Hanga Roa: en la playa hay quioscos con empanadas de atún fresco y bebidas, pero conviene no depender de ellos. Respeta “el tapu” , lo sagrado: está terminantemente prohibido tocar o subir a los moáis y a las plataformas.
No dejes basura, no retires arena ni coral. Anakena no es un parque temático: es el corazón ancestral de un pueblo que aún late. Cuando te marches, mira atrás una vez más. Verás las palmeras, los moáis y el mar. Y entenderás que no has visitado una playa: has estado, aunque solo sea por unas horas, en el lugar donde Rapa Nui comenzó a ser.