Hay lugares que no necesitan carteles luminosos ni grandes avenidas para quedarse en la memoria. Tunquén es uno de ellos. Cuando dejas atrás el ruido de Algarrobo y tomas el camino de tierra que se interna entre cerros, entiendes que estás a punto de conocer una de las últimas playas verdaderamente libres del litoral central chileno. No hay edificios frente al mar, no hay salvavidas, no hay kioscos. Solo dunas, un humedal que respira vida y casi dos kilómetros de arena dorada que parecen extenderse hasta donde alcanza la vista.

Playa de Tunquén
Imagen: Ricardo L. M.; https://www.flickr.com/photos/ricardolopez/

Qué ver: el humedal y los cerros que lo enmarcan

Lo primero que nos sorprende al llegar es la geografía. La playa está cercada por altos cerros desde donde pueden apreciarse algunas de las construcciones hechas por sus asiduos visitantes, casas de madera y techos bajos que se mimetizan con el paisaje en lugar de imponerse sobre él. Esa relación entre el cerro y el mar le da a Tunquén un carácter casi secreto, como si el lugar hubiera acordado mantenerse discreto.

Pero el verdadero tesoro está en la desembocadura del estero Casablanca. Allí se forma un humedal que es sitio prioritario para la conservación de aves. Si llevas binoculares, prepárate para una de las experiencias de avistamiento más ricas de la zona central: cisnes de cuello negro, garzas, queltehues y gaviotas comparten el espacio con especies migratorias que llegan desde el hemisferio norte. El humedal no solo es bello; cumple una función clave al mantener la humedad y refrescar el ambiente incluso en los días más calurosos del verano.

Camina hacia el sur y encontrarás formaciones rocosas que invitan a la fotografía. Hacia el norte, las dunas se extienden con una vegetación frágil que conviene no pisar fuera de los senderos. En cualquier dirección, el paisaje cambia con la luz y la camanchaca que a veces sube desde el mar, cubriendo los cerros con una bruma que vuelve todo más misterioso.

Qué hacer: caminar, observar y desconectar

Aquí no vienes a bañarte en aguas tranquilas. El oleaje es fuerte y las corrientes pueden ser peligrosas, especialmente con niños. Lo que sí puedes hacer —y deberías— es caminar por la orilla durante horas, sentir el agua fría en los pies y dejar que el sonido del Pacífico haga su trabajo. Los surfistas conocen bien el lugar y lo eligen por sus olas, aunque no es una playa para principiantes.

La observación de aves es la actividad estrella para quienes visitan Tunquén con calma. El humedal ofrece refugio a una biodiversidad que incluye anfibios como la rana chilena y el sapito de cuatro ojos, ambos vulnerables. Si te interesa la flora, notarás que muchas especies están en categorías de conservación: el lirio de arena, la violeta, el chagual. Este no es un paisaje cualquiera; es un ecosistema que ha sobrevivido precisamente porque la intervención humana se ha mantenido limitada.

Para quienes buscan algo más activo, la caminata desde Algarrobo Norte hasta Tunquén por el borde costero es una opción exigente pero recompensante, con miradores naturales y vistas privilegiadas al mar. Eso sí: hay que ir preparado, con agua, sombrero y calzado adecuado.

Cómo llegar y sugerencias de viaje

Desde Santiago, toma la Ruta 68 hacia la costa y desvía hacia Algarrobo o Casablanca. El trayecto ronda las dos horas dependiendo del tráfico. Los últimos kilómetros son de tierra, así que maneja con paciencia. Llegarás a un sector donde se deja el auto en un estacionamiento (suele cobrarse entre 3.000 y 5.000 pesos según la fecha) y desde allí caminas unos diez minutos entre dunas y vegetación nativa hasta la arena.

Si vienes en transporte público, la opción es tomar un bus desde Santiago hasta Algarrobo o el cruce de Curauma y luego continuar en taxi hasta el sector de Tunquén. No es el trayecto más sencillo, pero tampoco imposible.

Nuestras sugerencias son simples y no negociables. Lleva toda el agua que vayas a necesitar, porque no hay locales en la playa. Protector solar, sombrero y ropa de abrigo para cuando el viento arrecie después del mediodía. No dejes basura: en Tunquén no hay servicio municipal de retiro y cada visitante es responsable de lo que trae. Y sobre todo, respeta el humedal y las dunas. La vegetación que parece resistente es en realidad frágil, y el equilibrio de este lugar depende de que quienes lo visitamos entendamos que estamos de paso.

Tunquén no es una playa cómoda. Es una playa honesta. Te recuerda que el mar es del mar y que uno solo está de visita. Y quizás por eso, cuando te vas, ya estás pensando en volver.

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