Nos encontramos en el poblado de San Juan Bautista, el único núcleo urbano de la isla Robinson Crusoe, en la comuna de Juan Fernández, provincia de Valparaíso. Desde aquí parte uno de los tramos más emblemáticos del Sendero de Chile: la ruta que asciende hasta el Mirador de Selkirk y luego desciende al sector de Villagra.
Quienes hemos recorrido este sendero sabemos que no se trata de una simple caminata: es una inmersión en un ecosistema que evolucionó en aislamiento durante millones de años, con un nivel de endemismo que no tiene parangón en el planeta.
Qué ver en el recorrido
El sendero comienza en el poblado y asciende por un trazado bien demarcado que, en aproximadamente 2.700 metros, te conduce hasta el Mirador de Selkirk. La subida es exigente —la pendiente promedio ronda los 30 grados— pero cada esfuerzo se justifica cuando llegas a la placa que recuerda al marinero escocés Alexander Selkirk, cuya historia inspiró la novela Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Desde este punto estratégico, si el cielo está despejado, puedes ver simultáneamente ambos extremos de la isla, una panorámica que pocos lugares en el mundo ofrecen.

A medida que avanzas, el bosque endémico se despliega ante tus ojos. Nos detenemos a observar la luma de Masatierra, cuyos troncos retorcidos forman doseles naturales, y la chonta, una palma endémica que solo existe en esta isla y que representa una de las palmas de distribución más austral del mundo. El pangue impone su presencia con hojas gigantes que pueden alcanzar más de un metro de diámetro, mientras que los helechos arbóreos crean un ambiente que parece detenido en el tiempo. Y si tienes suerte, el picaflor de Juan Fernández —la única especie insular endémica de picaflor en el mundo, en peligro de extinción— cruzará como una chispa roja entre la vegetación.
Desde el Mirador, el sendero continúa hacia el sector de Villagra, un descenso de aproximadamente 5 kilómetros que te tomará unas tres horas de caminata. Villagra es conocido como la zona ganadera del parque, y allí encontramos un refugio de CONAF, baños y una zona habilitada para camping. Es el lugar perfecto para pernoctar, con el sonido del mar de fondo y un cielo estrellado que en la isla adquiere una nitidez sobrecogedora.
Qué hacer
Además de caminar, te sugerimos dedicar tiempo a la observación. Lleva binoculares: el picaflor de Juan Fernández, el lobo fino de dos pelos y diversas aves marinas son avistamientos frecuentes. En Villagra, si viajas entre diciembre y febrero, podrías coincidir con el tradicional Rodeo de Villagra, una manifestación cultural que mezcla la vida isleña con la tradición ganadera. También puedes complementar la experiencia con una visita al Circuito Picaflor, que se interna en la zona de mayor nidificación de esta ave emblemática.
Cómo llegar
El acceso a la isla requiere planificación. Desde Santiago, debes reservar un vuelo chárter desde el Aeródromo Tobalaba hasta el Aeródromo Robinson Crusoe; el trayecto dura entre 2,5 y 3 horas. Una vez en la pista, es obligatoria una navegación de aproximadamente una hora hasta el poblado de San Juan Bautista. Los vuelos son limitados y exigen reserva con meses de anticipación. También existe la opción marítima desde Valparaíso, con travesías que pueden extenderse entre 38 y 40 horas según las condiciones climáticas.
Sugerencias de viaje
La mejor época para recorrer este sendero es entre octubre y marzo, cuando el clima es más cálido y seco. Lleva calzado de trekking con buen agarre, ya que el terreno puede estar húmedo y resbaladizo. No olvides protector solar, agua suficiente y provisiones, porque los servicios en el sendero son limitados. Recuerda que el camping en Villagra está autorizado por un máximo de dos días y una noche, y que el ingreso al parque tiene un costo que debes pagar en el poblado. Respeta las normas de conservación: no dejes basura, no salgas del sendero demarcado y sigue siempre las indicaciones de los guardaparques.
Este tramo del Sendero de Chile no es solo una ruta de trekking; es una lección viva de evolución, un santuario donde la naturaleza ha escrito su propia historia. Caminarlo es entender por qué Juan Fernández es, sin exagerar, uno de los lugares más extraordinarios del planeta.